lunes, 31 de agosto de 2009

Historias de Montevideo Mágico, de Néstor Ganduglia


Esta obra es un recopilado de lo que el autor llama historias de la cultura oral montevideana. El problema de este libro es que por momentos intenta emular una mirada desde un punto de vista científico social que sale bastante mal, al incluir algún que otro pié de página incompleto e incluso datos históricos groseramente erroneos.

El objetivo del libro es original y ambicioso. Pocos son los autores que se atreven a intentar dar un enfoque sino serio, o al menos contemplativo de los fenómenos paranormales que muchas personas dicen vivir y que por lo general la ciencia siempre deslegitima.

El autor hace una separación en principio correcta de los relatos que describe: no dice que sean reales, tampoco los desmiente, simplemente las trata como historias que forman parte de la cultura oral uruguaya. Aún así, en algunas circunstancias parece ser que Ganduglia se pone del lado de los fantasmas, justificando e interpretando las causas de sus apariciones y acciones. Con esto el autor pierde buena parte de su credibilidad, porque lo que hace implica mucho más que desmantelar la estructura subyacente del relato de turno. Al justificar e incluso defender las acciones de los espectros, Ganduglia deja de mirar con objetividad el relato, pasa a intervenir en él, pasa a ser parte de éste. Y eso es suficiente para deslegitimar la supuesta investigación científica del trabajo.

La poca credibilidad que le queda la despilfarra en severos errores bibliográficos y antecedentes históricos inventados. Por ejemplo, en una de las historias del libro se hace referencia a una casa supuestamente embrujada en Maroñas, que tiene un águila encima de su puerta principal. En ese relato la fecha 1971 es fundamental, porque es a partir de ese año en el que se empezaron a ver los sucesos paranormales relacionados con la casa. Ganduglia intenta buscarle la vuelta al misterio: en esa casa vivía un tal militar apodado “Pollo”. Aunque cualquiera creería que ese militar ejercía su oficio en la época de la dictadura militar de 1973-85 Ganduglia nos sorprende inventando un nuevo período de facto en 1871 (año en que Lorenzo Batlle era presidente). Esta dictadura ficticia se la adjudica a Máximo Santos, quien gobernó entre 1882 y 1886 y para la fecha en cuestión sólo tenía 24 años.

Las consecuencias que se incluyen en el epílogo son aceptables. No así la ideologización que Ganduglia hace al distinguir el modelo moderno del Uruguay de la era de la barbarie (elementos teóricos tomados de José Pedro Barrán, del libro Historia de la Sensibilidad del Uruguay; lo extraño es que Ganduglia, al mencionar el libro, hace un pié de página aludiendo a una obra publicada en 1992 y luego, en la bibliografía, el único libro que aparece de Barrán es de 1990). Parece como si no le gustara la modernidad, que lo que generó fue represión y pobreza intelectual y cultural. No tiene por qué gustarle. Pero si lo que pretende con ese epílogo es concluir un análisis serio y objetivo, debió de ser bastante más cauteloso con lo que dijo. No es de extrañarse entonces que al terminar de leer el epílogo queda bastante claro que Ganduglia haya llegado a las conclusiones que desde un principio quiso poner.

Un libro divertido pero demasiado pretencioso y por sobre todas las cosas mal hecho, y eso ya no es sólo culpa del autor sino también de la editorial Planeta, que también publicó la anterior obra que critiqué.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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